domingo, 6 de agosto de 2017

Pasatiempo: recuerdos de Cuidados Paliativos

Uno de los servicios médicos que más ha marcado mi etapa como estudiante ha sido Cuidados Paliativos. Pese a no realizar en él una "internidad" reglada, estuve frecuentándolo durante tres años y fue allí donde conocí a Manuel. Un maestro en su día y ahora que ya está jubilado, un amigo del que puedo seguir aprendiendo de la vida. La Medicina, quedó en el Hospital.

Cuidados Paliativos es un servicio...¿cómo explicarlo? No se parece en nada a los demás. La atención a los enfermos es, junto con la pediátrica y la oncológica, probablemente la más humana de toda la Medicina. Allí no sirve ser médico, necesitas ser un médico humano.

Mi amigo Manuel tenía un cuadro en su despacho que resumía bastante bien "de qué iba el tema" de la vida. Un cuadro en cuyo interior había un pedacito de papel, con unas pocas palabras escritas. Un fragmento que me gustaría compartir con aquellos que se atrevan a leerlo:


PASATIEMPO:

Cuando éramos niños,
los viejos tenían como treinta,
un charco era un océano
y la muerte lisa y llana
no existía.

Luego, cuando muchachos,
los viejos eran gente de cuarenta,
un estanque un océano,
la muerte sólamente una palabra.

Ya cuando nos casamos,
los ancianos estaban en cincuenta,
un lago era un océano,
la muerte era la muerte de los otros.

Ahora veteranos,
ya le dimos alcance a la verdad,
el océano es por fin océano,
pero la muerte empiezar a ser
la nuestra.

Siempre recordaré esas largas charlas sobre la vida, sobre política, sobre la medicina paliativa y sobre lo que implica perder la batalla contra la enfermedad. Siempre recordaré el humo a pipa, las pausas, las vistas desde el penúltimo piso, la confianza que depositaron en mi. Siempre.

sábado, 5 de agosto de 2017

Despertar

No me conoces y dadas las circunstancias, no querrías hacerlo. 

No te diré mi nombre. Si alguien encuentra esta información alguna vez, me avergonzaría que supieran las cosas que he hecho, los pecados que he cometido, las atrocidades que he llevado a cabo. Y lo que es más importante: ¿Cómo reaccionaría el mundo si supiera que existismos?. De todas formas, quería escribir sobre ello, quiero que se sepa lo que ha pasado, lo que he hecho....y lo que me queda por hacer. Todo, desde ese maldito día. 

Sigo dándole mil vueltas al porqué yo, porqué en aquel lugar y porqué esa extraña fuerza que nos reunió. Mentiría si dijera que fue fortuito. Hubo un "je ne sais quoi" que me empujó a abrir la puerta, a ver la escena más dantesca de mi vida.

Y aquí estoy. Despierto. En muchos sentidos y en ninguno. Tumbado en la cama mirando al techo, con la boca llena de saliva y el estómago dándome bocados, hambriento. Quiero más. Pero no pienso dárselo, hoy no. Si sólo pudiera tener un poco, un mordisco, un pedacito... ¡No! ¡Céntrate idiota!, recuerda porqué estás así, recuerda que fue lo que ocurrió y cuáles son las condiciones. Sabemos cómo va a terminar esto, pero hasta entonces: recuerda.

Era 20 de Julio. Un aburrido y caluroso día de Julio. Tenía que hacer unos recados, así que desperté temprano, cogí el coche y conducí hasta la ciudad. Esa noche había tenido un sueño muy "extraño". Estaba a solas, con una chica en una habitación en penumbra. Era morena, ojos castaño, un poco más pequeña que yo tanto en estatura como en edad, se la veía joven (pero intuía todo lo contrario). Su silueta, indescriptible. Un vaivén de movimientos curvos pese su figura estilizada. En el sueño yo no hacía nada. Me quedaba quieto mientras ella se acercaba. Me rodeó con sus brazos. Mi corazón se volvió loco: bum-bum, bum-bum. La respiración entrecortada. Temblé en mi interior. Entonces, acercando sus labios a mi cabeza me susurró: "svegliate". Mi cuerpo se detuvo, mi mente se frenó y de lo más profundo de mi ser comenzó a brotar una furia, un sentimiento visceral, animal. La agarré con fuerza, arremetí contra ella tirándola al suelo, me arrojé sobre su cuerpo y la mordí. Bocados, bocados y más bocados. No podía parar. Ella no paraba de gritar, desquiciada por el dolor.


La estaba devorando. Y me gustaba. Me encantaba. ¡Dios, que sensación! Me sentía vivo. Cada bocado que le propinaba, cada pedazo de carne que masticaba y tragaba, me proporcionaba una sensación brutal, un éxtasis de placer y saciedad. 

Entonces, antes de comenzar a devorarle la cara, la miré directamente a los ojos. Esos pozos marrones, intensos, profundos y antiguos fijaron sus pupilas en las mías. El estómago me dió una patada y entonces ella...sonrió. Fue sólo una milésima, una pequeña milésima de segundo. Pero sonrió. Desperté. Abrí los ojos y contemplé el techo de mi habitación. Por alguna extraña razón no estaba agitado, ni desperté sudando, esas memeces que suelen pasar en las películas después de una pesadilla. Estaba despierto, tranquilo y satisfecho.

Iba pensando en el recuerdo de ese extraño sueño, cuando llegué a mi destino: la escuela de matasanos, como la suelo llamar. La Facultad de Medicina. Ese lugar que me ha estado chupando la sangre durante tantos años, en todos los sentidos. Tenía un buen motivo para estar allí. Iba a saludar a un antiguo amigo del departamento de Anatomía. Si no fuera por él, ni me hubiera acercado a ese lugar. 

Lo extraño es que tenía ganas de estar ahí, un especial interés en ir a ver a ese amigo (pese a que ni éramos "íntimos" ni nada por el estilo). Simplemente recibí una llamada suya unos días antes, pidiéndome venir y apelando a que -llevábamos tiempo sin vernos-. Acepté. Craso error. Pero eso, aún no lo sabía...

lunes, 31 de julio de 2017

Historias de un MIR. El barquito chiquitito

Había una vez, un barquito chiquitito. Había una vez, un barquito chiquitito. Que no podía, que no podía, que no podía navegar. Pasaron un, dos, tres, cuatro, cinco seis semanas. Y aquel barquito, y aquel barquito, y aquel barquito navegó. ¿Os suena? ¿La conocéis?

Es una de las canciones infantiles más famosas. Una que habla sobre un pobre barquito que no podía, que no sabía, o que no quería navegar. Un barquito como tu, como yo, que con el tiempo y echándole un par de ovarios/cojones (depende si eres lectora o lector), pudo "tirar palante".

Nuestro paso por el MIR es más o menos similar. Cada uno de nosotros somos ese barco. Algunos (muy pocos) acorazados, auténticos gigantes del mar que navegan sin miedo por el océano. Los que consigen sacar las mejores puntuaciones, los que nunca se rinden, los que saben mucho de Medicina o que se les da muy bien el test, o que son unos portentos de inteligencia. 

La mayoría, barcos de eslora aceptable (de esos que vemos por la playa). Barcos que son pequeños en mitad del océano, vulnerables. Esos que tienen que luchar contra viento y marea, pero que aún así tienen resistencia y apenas zozobran. Los que sacan buenas netas, en la media, los que estudian como cosacos, los que petan de vez en cuando, los que sueñan con llegar a puerto triunfantes (pese a que ya lo son) pese al injusto océano MIR.

Y por último están esos "barquitos chiquititos" (entre los que me incluyo). Somos pequeñitos, siempre hemos ido un poco a la deriva pero manteniéndonos a flote con optimismo. Hemos soportado tempestades, tormentas, miles de resquebrajos. Pero seguimos remando.


Somos esos barquitos pequeñitos que, cuando nos comparamos con los grandes, sentimos que su estela nos empuja, nos arrastra, nos hunde. Somos esos barquitos que vivimos a la sombra de los "grandes", aunque nos da de lleno el sol. Los barquitos luchadores, que tenemos que remar mil veces más, para cubrir la distancia que otros recorren fácilmente. Esos barquitos.

Pero, ¿sabes que es lo importante? Que todos, absolutamente todos estamos navegando en el mismo océano: el MIR. Una prueba de valentía que no hace distinciones entre grandes o pequeños. Un reto, una lucha que nos absorbe a todos, donde lo que importa es llegar.

El MIR, al igual que el océano, es imparcial y le importa un carajo que seas mejor o peor persona. Le importa un carajo que seas un transatlántico o una chalupa. Al MIR, al océano, lo que le importa es que remes contra marea, que no se te llene la cubierta de agua, que no te agobies cuando haya tormenta y que seas capaz de sobreponerte a su inmensidad. Ese es el MIR.

Todos, somos capaces de enfrentarnos al MIR. Todos. Algunos parten con ventaja ya sea por su inteligencia, por sus habilidades, por sus conocimientos o por el esfuerzo que han estado realizando durante seis años. La mayoría, tenemos que luchar por "estar a la altura"; por ser capaces de seguir navegando y llegar al destino que hemos elegido, sin hundirnos por el camino.

Y los pequeñitos. Los pobres pequeñitos, también tenemos que dar lo mejor de nosotros, porque ni somos menos, ni somos más: somos barquitos chiquititos, que pueden navegar. Y si el Titanic es capaz de llegar al país de la Pediatría (por ejemplo), ¿por qué no el chiquito?

Así que, ya seas un barcazo, un barco normal o un barquito: ¡No te desanimes! El Océano, el MIR es enorme, da mucho miedo y mucha inseguridad. Tu destino está lejos (sobre todo, para los que seáis ambiciosos), pero remando, luchando y esforzándote, todos tenemos oportunidades. Y cuando te vengas abajo recuerda: "y aquel barquito, navegó".